Don Alberto tiene 71 años y una risa que se escucha desde la entrada. Pero cuando llegó por primera vez a Digno Horizonte, casi no hablaba: llevaba tres años saliendo únicamente al mercado y a misa.«Yo pensaba que ya me tocaba quedarme quieto», cuenta. En su primera sesión de acompañamiento psicológico descubrió que lo que sentía tenía nombre y que no estaba solo: la mitad del grupo había vivido lo mismo.Seis meses después, don Alberto coordina el grupo de baile de los martes, aprendió a usar videollamadas para hablar con su hija en Medellín y está ahorrando para el viaje al Eje Cafetero que soñó toda su vida.«Aquí no me tratan como a un enfermo. Me tratan como a alguien que todavía tiene planes», dice.